sábado, 6 de diciembre de 2008

En la isla del oráculo





Nadie hablaba del por qué, pero la playa de esta isla rebosaba de balsas. No era muy grande.
Podías encontrarte con todos en el breve sendero que te llevaba de la playa al roble, sobre todo cerca del árbol. Y, sin importar el tiempo que hiciera, todos los que te encontrabas desprendían buen humor, cuando menos una amable y tranquila camaradería.
Habían oído hablar del árbol centenario que, recostándose tranquilamente sobre su alfombra, te escuchaba, te hablaba y te hacía ver las cosas como verdaderamente son. Un gurú. Sólo tenías que acercarte a él, relajarte y mirar el gracioso vaivén de sus hojas, de sus ramas. Si intentabas entenderle de verdad, escucharle, mirándole fijamente, podías 'ver' las respuestas, como en uno de esos dibujos en tres dimensiones, ésos que tienes que mirar más allá de ellos para poder verlos, que aparecen como por arte de magia.
Fué una visita breve, demasiada gente para mí.
El roble me enseñó lo que ya había visto en el mar.

2 comentarios:

haideé dijo...

El lugar me resulta agradable, el árbol (que yo veo como fresno)me parece un ejemplar joven que se ofrece a la verde hierba. Los que le acompañan en plácida siesta uno y ocupada en un menester la otra, arropados ambos por una suave brisa que recorre el valle... si el oráculo habla, estos no son muy conscientes de ello... quizá sea mejor así, la sabiduría no penetra más por las sensaciones que se hacen conscientes, sino por aquellas que te arrebatan en un instante hacia la plenitud de la luz sin buscar palabras, sólo sientes y comprendes, llenándote de Amor y Paz...pero esto también son palabras...
Me alegra sentirte mejor, el sol que irradia la imagen me habla de ese bienestar :)
Un abrazo

Dan dijo...

Hay un dicho chino que decía que cuando alguien tenía un gran secreto que no podia contar a nadie, iba a lo alto de una montaña, hacía una agujero en un árbol y le susurraba el secreto en el. Al acabar lo tapaba el agujero.

No es de extrañar, que si este dicho es real, lo árboles sean tan sabios.

Son receptores natos. No como los hombres de ciudad, los cuales tenemos demasiadas barrera en nuestra cabeza como para escuchar secretos tam importantes. No sabriamos que hacer con ellos. Pior eso prefieren seguir caminando, aunque no lleven mp3.

P.D: yo tmapoco soporto el sufrimiento ajeno, y menos el de un niño.

Un abrazo marinero.