sábado, 6 de diciembre de 2008

En la isla del oráculo





Nadie hablaba del por qué, pero la playa de esta isla rebosaba de balsas. No era muy grande.
Podías encontrarte con todos en el breve sendero que te llevaba de la playa al roble, sobre todo cerca del árbol. Y, sin importar el tiempo que hiciera, todos los que te encontrabas desprendían buen humor, cuando menos una amable y tranquila camaradería.
Habían oído hablar del árbol centenario que, recostándose tranquilamente sobre su alfombra, te escuchaba, te hablaba y te hacía ver las cosas como verdaderamente son. Un gurú. Sólo tenías que acercarte a él, relajarte y mirar el gracioso vaivén de sus hojas, de sus ramas. Si intentabas entenderle de verdad, escucharle, mirándole fijamente, podías 'ver' las respuestas, como en uno de esos dibujos en tres dimensiones, ésos que tienes que mirar más allá de ellos para poder verlos, que aparecen como por arte de magia.
Fué una visita breve, demasiada gente para mí.
El roble me enseñó lo que ya había visto en el mar.