viernes, 15 de agosto de 2008

The eye in the sky


Cuando la estancia en tierra firme se alarga unas semanas, algunos náufragos levantan altares cerca de donde duermen. Los he visto de todos los tipos y todos eran un derroche de imaginación, sin duda acentuada por la fe.
La sensación de que, como decía la canción, hay un ojo en el cielo que no se pierde nada de lo que hacemos, la hemos tenido todos. Más de un insecto o perro inoportuno se han librado de mi maltrato al pasarme por la cabeza, sólo un segundo, la duda de un futuro juicio. Cada cual que haga aquello en lo que crea, yo ahora creo en lo que vi.
Un día, no sé si mientras dormía, abrí los ojos y estaba allí.
Me miraba, así que yo también lo miré. Y tengo que reconocer que más allá de su pupila adiviné, también, el universo. Dentro estaba el equilibrio, la sabiduría, todo demasiado perfecto para ser de este mundo. Creyendo encontrarme ante uno de los que llaman ‘dios’, concentré mis sentidos en el centro de aquella esfera segundos antes de que decidiera privarme de su presencia.
Desde entonces he seguido viendo creyentes de todo tipo, todos piadosos por temor a quien los ve.
Sigo mi travesía sin construir altares, porque he visto el ojo y en su centro estaba yo.